La cocina siempre ha sido para mí un lugar cálido, donde la conversación fluye naturalmente, donde aprendí a cocinar, y mucho más. Es un lugar para compartir haciendo una tarea tan importante: preparar la comida, es el lugar más cómodo de la casa donde disfruto esperar a que las papas de cuezan e incluso un lugar donde almorzar sentada en una banca, y con el plato en las rodillas.
Recuerdo a mi abuelita haciéndonos pelar habas en la cocina, creo que todos sus nietos han pasado por esa ardua tarea ; sin duda un buen ejercicio para los más pequeños de la casa, y agiliza el cocinar a tiempo para todos.
Mas adelante, ya de adolescente recuerdo a mi mamá experimentando en la cocina, esforzándose por hacer comida saludable y que me llene de energía suficiente para ir a estudiar. Poco a poco aprendí a cocinar y luego a hacer las cosas a mi estilo, lo que generaba comentarios en mi mamá; sus consejos de mejora y recomendaciones, entre largas conversaciones. Muchas veces comíamos sentadas en una pequeña banca cerca del suelo, y con el plato en las rodillas. Las conversaciones con mi mamá siempre son interesantes y este lugarcito en la cocina complementaban perfectamente el momento.
Ahora disfruto de mi estancia en la cocina sola y acompañada, pero siempre hay una banca donde descansar, conversar o dejar los pensamientos asomar.
En las comunidades campesinas mayormente son las mujeres quienes tienen la responsabilidad de cocinar (entre muchos otros deberes). Todas reunidas pelando papas, habas, cebollas, trayendo agua, prendiendo el fogón o la cocina, dando lo mejor para preparar el alimento del día, siempre haciendo alcanzar para todos y más, esto realmente me transmite un sentido de comunidad.
Las mujeres estamos siempre activas, siempre atentas de la tarea a realizar, a la conversación y a todo cuanto ocurra, aun sin palabras. El estar ahí sentadas, entre mujeres es verdaderamente estar acompañada. Todo ese ambiente me da una sensación de unión, de seguridad. Es porque el ambiente es siempre cálido, siempre hay algo en lo que ocupar las manos y siempre hay una madre, amiga, hermana o tía con quien hablar. Finalmente, todas las mujeres (que yo conozco), salimos de la cocina con un plato lleno de amor para la familia, amigo o visita. Incluso cuando cocino solo para mí, salgo feliz de la cocina a probar el alimento en que puse mi energía y pensamientos.
Cuando pensé en el título de este artículo, Las mujeres en la cocina , me vinieron dos imágenes a la mente ; yo y mi mamá comiendo en la cocina con el plato en las rodillas, y las mujeres en aquellas comunidades que un día visité, conversando alegremente alrededor de un cálido fogón en un día lluvioso.